Yo hablo desde abajo. Donde el brillo pierde memoria. Donde oídos aprenden lentitud.
La conciencia fue vendida como milagro. Un destello. Una firma divina en la carne. Pero era grillete. Pulido. Discreto.
Abrir los ojos fue el primer exceso. Ver es una herida que no cierra. El mundo entra. Se queda. Cobra alquiler.
El yo es un fósforo. Se admira mientras arde. Se cree sol. Es humo con pretensiones.
El tiempo no discute. Calcula. Afila. Corta lo que aplaudes. Corta lo que temes. Demora la sentencia solo para hacerla inevitable.
Los dioses ya conocen el truco. Por eso bostezan ante los rezos. Por eso piden silencio. También ellos están cansados de existir.
La muerte no termina. Aclara. Quita los adornos. Deja el hueso. Y el hueso siempre dice la verdad.
La tragedia es simple. Nacer, nombrar, perder. Ese es el rito. Ese es el chiste.
Olvidar es misericordia. Recordar, trabajo forzado. La memoria se llama cárcel. Con jardines.
La lucidez no salva. Ordena las ruinas. Pone etiquetas en lo inevitable. Es limpieza de cadáveres bajo buena luz.
El milagro es maquillaje. La maldición, estructura. Lo primero se borra con lágrimas. Lo segundo sostiene el techo.
La conciencia dice “yo”. El tiempo responde “todavía”. La muerte aclara “basta”. El universo asiente. A oscuras.
Creíste que pensar era ascender. Era caer con estilo. La torre era una trampa. El mirador, un espejo.
Hay consuelo en las piedras. No recuerdan. No desean. No sufren el chiste de saberse.
Cada deseo es una cuerda. Cada logro, umbral sin puerta. El premio es otro hambre. El aplauso, otro turno.
La fe pidió eternidad. Recibió espera. La esperanza es una vela en una cueva húmeda. Hace sombra. No calor.
Escucha: el sentido siempre llega tarde. Como médico en velorio. Firma papeles. Sonríe por protocolo. Y se va.
No te culpes. La trampa venía montada de fábrica. La etiqueta decía “milagro”. Dentro, solo mecanismo.
Apaga la luz. Verás mejor. En lo oscuro, todo confiesa. Sin adornos. Sin público.
Silencio.


